La visión del Señor glorificado (Parte 1)

«Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido con una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido en el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como un horno; y su voz como un estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como como el sol cuando resplandece en su fuerza. Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades. Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de estas. El misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y de los siete candeleros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias» (Apocalipsis 1:12-20).

Obviamente la visión del Señor Jesucristo que nosotros recibimos del apóstol Juan en la isla de Patmos no es la misma del mismo apóstol en su Evangelio. El Jesús resucitado y glorificado no tiene la misma apariencia del Jesús hijo del hombre o de la del Cordero de Dios. Él tenía doble naturaleza, es decir, la naturaleza humana por parte de María, su madre, y la naturaleza divina por parte del Espíritu Santo. Él es la Única persona que en la parte humana tenía madre pero no tenía padre, y en la parte divina tiene Padre pero no madre. Y cuando vino la primera vez a este mundo Él se manifestó sólo como Hijo del hombre, es decir: el hijo de María, aunque mantuviese aún Su naturaleza divina. Después de muerto, resucitado y glorificado, Él asume entonces su naturaleza primitiva que el apóstol Pablo describe así: «Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; TODO FUE CREADO POR MEDIO DE ÉL Y PARA ÉL. Y ÉL ES ANTES QUE TODAS LAS COSAS, Y TODAS LAS COSAS EN ÉL SUBSISTEN» (Colosenses 1:15-17).

Ese retrato que el apóstol Juan pinta y revela justamente el Jesús de la segunda venida: cabellos blancos como la nieve, ojos como de fuego, pies como de bronce, de la boca le salía una afilada espada de dos filos, Su rostro como el sol al medio día, Su voz como de muchas aguas, tal y como el bramido del océano. Es este el aspecto bajo el cual el manso y humilde Salvador de los Evangelios Se presenta ahora a Su Iglesia y como está, vestido de Comandante para la batalla. ¡Señor de los Ejércitos e Invencible! Va a enfrentar enemigos encarnizados. Es un convite a los que le siguen para que confíen en Su dirección. Y no solamente eso, sino que es un aviso enérgico y caloroso a la Iglesia que Él tolerará cobardía o infidelidad.

Continuará…

Si le interesa lea también: El apóstol Juan en la isla de Patmos (Parte 2)

Libro: Estudio del Apocalipsis Vol 1
Autor: Obispo Edir Macedo

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