Al ir hacia Jesús, la mujer cananea no fue tímida o miedosa. El Texto Sagrado dice que ella clamó; es decir, llamó al Señor con una voz tan alta que despertó la atención de los discípulos. La vehemencia de su súplica mostraba la urgencia de su necesidad: “terriblemente endemoniada”, dijo, describiendo la condición de su hija. Esas palabras muestran cuánto Satanás oprime al ser humano, causando todo tipo de miseria, vergüenza y dolor.
Si un demonio instigando y persuadiendo al mal ya es terrible, ¡imagínese tenerlo en su propio cuerpo! En el caso de la hija de esa mujer, el espíritu inmundo debe haber comenzado a actuar de manera discreta, creciendo de tal forma que ya poseía su mente y la dejaba sin el control de sus actos. Cuando una persona llega a ese nivel de posesión, necesita ser vigilada, pues, si estuviera sola, corre el riesgo de cometer grandes actos de locura. Por eso, es probable que la madre de esa niña la haya dejado bajo los cuidados de alguien mientras iba a buscar el socorro del Señor Jesús.
Pero lo que ella no se imaginaba es que iba a necesitar enfrentar algunos obstáculos para alcanzar la liberación de su hija. Primero, su fe fue probada. Aunque Jesús la haya oído, Él no le respondió inmediatamente. Su silencio no era una negativa a su súplica, sino el deseo de ver su perseverancia en la fe.
Segundo, ella tuvo que enfrentar la disposición poco amistosa de los discípulos de Jesús que, enojados por su insistencia, expresaban, en su fisionomía, que estaba importunando al Maestro. Esos hombres, que aún no habían sido bautizados con el Espíritu Santo, no tenían complacencia para con los afligidos; por eso, llegaron a pedir que el Señor Jesús le dijese que se fuera. Cualquier persona con una fe inconstante habría desistido frente a esas barreras, pero ella no desistió.
Hasta que se dirigió al Salvador, Lo adoró y Le pidió el socorro que tanto necesitaba. Pero allí enfrentó la tercera y última barrera, la respuesta aparentemente dura del Señor Jesús: “No está bien tomar el pan de los hijos, y echárselo a los perrillos”.
Él quiso decir que el “pan”, o sea, las bendiciones, debería ser dado primero a los judíos y recién después a los demás pueblos, como era el caso de ella, una extranjera de una tierra vecina de Israel. Aquello sonaba como un sonoro “no” a su pedido, aún más con el término empleado para representarla: “perrillos”. Pero todo eso sirvió solo para estimular aún más la fe de aquella mujer y revelar otra preciosa cualidad de ella, la humildad: “Sí, Señor; pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”.
¡Qué respuesta admirable! Además de considerar a Jesús como Amo y de estar postrada a Sus pies (Marcos 7:25), utilizó la propia respuesta de Él para humillarse aún más. Lamentablemente, hay personas que, por mucho menos, saldrían enojadas y otras incluso insultando al pastor, en caso de que oyeran algo parecido. Conozco a algunas así. Sin embargo, esa mujer, con su respuesta sincera, mostró ser firme, determinada y osada, por eso su fe fue aprobada y elogiada por nuestro Salvador: “Y Él le dijo: Por esta respuesta, vete; el demonio ha salido de tu hija” (Marcos 7:29).
La mujer cananea expresó tanta fe en la capacidad y en el poder del Señor Jesús que incluso Él apreció tamaña confianza. Ella sobrepasó Su silencio, argumentó sobre Su afirmación y además consideró tanto la grandeza del Salvador que creyó que Sus “migajas” de poder ya serían suficientes para salvar a su hijita.

