Es triste ver que algunas personas crean que no tienen una vida de oración porque no tienen tiempo de orar. Sin embargo, para comer, dormir y divertirse, rápidamente encuentran tiempo. Para satisfacer su vida terrenal, empeñan todos los esfuerzos, pero, para preservar la vida eterna, no están ni un poco interesados. Incluso, existen aquellos que usan la propia Obra de Dios para justificar la falta de tiempo para orar. ¡Qué autoengaño! El Señor Jesús hizo mucho más que todos nosotros y tenía una vida activa de comunión con Dios en oración. La verdad es que nadie deja de orar porque no tiene tiempo, sino porque no quiere orar, no tiene placer de estar en compañía del Señor. Si fuera un placer tener intimidad con Él, se esforzaría; a fin de cuentas, siempre conseguimos tiempo para aquello que nos gusta o que es prioridad para nosotros.
Claro que la recomendación bíblica de “orar sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17) en “todo tiempo” no quiere decir quedarse de rodillas todo el día, sino mantenerse constantemente conectado con Dios en espíritu y con el pensamiento en Él.
Por lo tanto, vemos que la armadura de Dios es perfecta. En ella no hay un “talón de Aquiles” que nos deja vulnerables al mal en alguna área. Pero, para que prevalezcamos, debemos estar debidamente revestidos con toda la armadura de Dios, desde la coraza de justicia hasta la oración constante, de lo contrario, daremos brechas a los ataques de Satanás.
El cristiano que espera en esta vida “sombra y agua fresca” aún no entendió nuestra guerra de cada día. Vuelvo a decir que es imposible que vivamos días de calma porque, en este conflicto espiritual, por momentos debemos defendernos de los ataques de los espíritus malignos que intentan minar nuestra fe y en otros momentos debemos atacarlos con toda la fe.
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