¿Beneficia a quién?

Si lo intenté todo, ¿por qué nada me llenó?

En algún momento todos nos sacrificamos por un propósito. Por ejemplo, cuando alguien estudia para convertirse en un profesional en su respectiva carrera, no sale mucho, se entrega a sus estudios y hace lo que sea para mantenerse al día. Otro ejemplo es el de un atleta: para rendir a un alto nivel, no come lo que quiere, sino lo que es necesario, practica todos los días y, sobre todo, se dedica.

Pero estos dos ejemplos tienen algo en común: un propósito.

El estudiante tiene el deseo de superarse, y el atleta tiene el deseo de rendir al máximo nivel.

Sin embargo, aunque ambos tienen disciplina y un propósito humano, aun así pueden sentirse vacíos. Intentan de todo, incluso alcanzan el éxito, pero sienten que siempre les falta algo.

Ahí entra la pregunta clave: ¿Será que el propósito humano se pone en contra de uno?

“Oh, hice grandes cosas:

construí casas,

planté viñedos,

diseñé jardines y parques

y planté en ellos toda clase de árboles frutales;

hice estanques de agua

para regar los bosques de árboles.

 

Compré esclavos y esclavas,

que tuvieron hijos, dándome aún más siervos;

también adquirí grandes manadas y rebaños,

más que cualquiera antes de mí en Jerusalén.

 

Amontoné plata y oro,

tesoros tomados de reyes y provincias.

 

Reuní cantores y cantoras para entretenerme con su música,

y —lo más exquisito de todos los placeres—

voluptuosas jóvenes para mi lecho.

 

¡Oh, cómo prosperé! Dejé muy atrás a todos los que me precedieron en Jerusalén; los dejé en el polvo. Y aun así, mantuve la cordura durante todo ese tiempo.

 

Todo lo que quise, lo tomé —nunca me negué nada.

Me entregué a cada impulso, sin retenerme.

Exprimí hasta el tuétano el placer de cada tarea—

mi recompensa por un día de arduo trabajo.

 

Entonces miré bien todo lo que había hecho, miré todo el sudor y el esfuerzo.

Pero al mirar, no vi más que humo. Humo… y el viento escupiéndome en la cara. Nada tenía sentido. Nada.”

(Eclesiastés 2:4-11)

Aquí el rey Salomón está describiendo la culpa y el vacío que encontró cuando vivía lejos de Dios. Salomón tuvo de todo en abundancia, pero aun así se sentía vacío. En estos versículos vemos que admite que hizo todas esas obras por él y para él, pero no para Dios.

Por eso la Biblia dice:

“Cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión.

Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado;

y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte.”

(Santiago 1:14-15)

Nuestros propios deseos y voluntades abren la puerta para que el mal entre. En el caso de Salomón, él tuvo sabiduría y éxito humano, pero con el tiempo esa misma grandeza lo separó de Dios. Cuando vio cuánto había logrado, empezó a llenarse más de lo humano y menos de lo divino. Es decir, se desvió de la voluntad de Dios para seguir la suya propia.

Todo lo que viene de la carne y no del espíritu nos separa de Dios. Por eso queda una pregunta final:

¿En qué nos estamos sacrificando… en nuestra propia voluntad o en la de Dios?

Reflexione: Un estudiante o un atleta pueden sacrificarse, pero si no tienen el propósito verdadero se sentirán vacíos, incluso si alcanzan el éxito. Y si el Señor Jesús no se hubiera sacrificado —si no hubiera dicho en Getsemaní: “Hágase Tu voluntad y no la mía”— Él no se habría convertido en nuestro Salvador.

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