La guerra espiritual contra el infierno es continua, pues, aun después de liberada, una persona puede ser influenciada por el mal para desobedecer a Dios, abandonar su fe y volver a su antiguo estado de caos espiritual. Cuando eso ocurre, los demonios entran en el cuerpo humano y causan todo tipo de violencia, desorden y perturbación, provocando crímenes horribles, actos de crueldad, injusticias, falta de amor y de respeto e incluso suicidio. Incluso, una avalancha de suicidio ha alcanzado especialmente a aquellos que dicen conocer a Dios, lo que muestra que el diablo no respeta títulos eclesiásticos, sino solamente una vida de Santidad al SEÑOR.
No piense que este tema es sensacionalismo religioso o misticismo. ¡Lejos de eso! Satanás es un ser real que está en plena actividad en el mundo, dispuesto a ejercer poder sobre mentes y corazones en pro de sus objetivos. Los propios Evangelios muestran innumerables casos de personas posesas por espíritus malignos que sufrían los más variados tipos de problemas, pero que, al ser liberadas por el Señor
Jesús, tuvieron la vida completamente cambiada. Hablaremos sobre algunas de esas personas, pero, antes, vamos a entender cómo un demonio actúa en la vida de alguien.
Cuando los demonios actúan en la mente de un individuo, la primera característica a ser notada es que sus pensamientos son destructivos, o sea, de alguna forma se causan mal a sí mismos y a los demás. Además, el diablo roba la vitalidad, el ánimo y la alegría de esa persona. Ella incluso puede, en la etapa inicial de la acción de los demonios, presentar una aparente realización personal o satisfacción pasajera, pero, poco a poco, eso se va evaporando, al punto de caer en un estado de apatía interior, insatisfacción, angustia y agotamiento físico, emocional y espiritual. Por eso, no son pocas las personas que, debido a una opresión maligna, dejan de querer aquello que antes apreciaban tanto y llegan incluso a perder las ganas de vivir. Otras avanzan del estado de opresión maligna hacia la posesión y, en este punto, pierden completamente el control de sus vidas. A partir de entonces, se sumergen en los vicios, en la depresión y en las inmoralidades, hasta llegar al fondo del pozo, como errantes solitarios y sin rumbo, por ejemplo.
Cuando analizamos la historia de la mujer cananea (o sirofenicia), que fue al encuentro del Señor Jesús en búsqueda de la liberación de su hija posesa por demonios, vemos bien la degradación y el sufrimiento que los espíritus malignos provocan en la vida de una persona y en su familia. Vea el relato bíblico:
Saliendo Jesús de allí, Se retiró a la región de Tiro y de Sidón. Y he aquí, una mujer cananea que había salido de aquella comarca, comenzó a gritar, diciendo: Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí; mi hija está terriblemente endemoniada. Pero Él no le respondió palabra. Y acercándose Sus discípulos, Le rogaban, diciendo: Atiéndela, pues viene gritando tras nosotros. Y respondiendo Él, dijo: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Pero acercándose ella, se postró ante Él, diciendo: ¡Señor, socórreme! Y Él respondió y dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echárselo a los perrillos. Pero ella dijo: Sí, Señor; pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: Oh mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas. Y su hija quedó sana desde aquel momento.
Mateo 15:21-28
Ciertamente, esa mujer ya había oído hablar de la fama de Jesús como Mesías y Salvador, por eso fue a Su encuentro en un momento en el que Él pasaba por las regiones cercanas de donde vivía.
Además de esas informaciones, no sabemos nada más acerca de esa mujer, pero aprendemos con ella que, contra la acción de los demonios, no hay medicamentos, terapias, consejos o sentimientos. Por más que ella amara a su hijita, su amor de madre no podría salvarla de las garras del diablo, pues solamente la fe es eficaz en la guerra contra el mal.

