Despreocupación por el infierno (parte 1)

Nadie habló más sobre el infierno que el Señor Jesús. Él sabía que el infierno es un lugar lleno de almas que, en vida, tenían buenas intenciones, pero que nunca temieron al Creador o nunca creyeron en Su Palabra. Al contrario, vivieron de pecado en pecado, y por eso se perdieron eternamente. Para evitar eso, el Hijo de Dios alertó que la posibilidad de escapar del infierno solo sucede en vida:

Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el Juicio.

Hebreos 9:27

Él también llegó a llamar “necio” a todo aquel que no nota que la vida en este mundo es corta, y que buscar solo lo que es temporario es una insensatez: “(…) ¡Necio! Esta misma noche te reclaman el alma; y ahora, ¿para quién será lo que has provisto?” (Lucas 12:20).

En otras palabras, ¿de qué sirve perseguir la comodidad y la seguridad que el dinero puede dar si nada de eso le garantiza paz al alma? ¿De qué sirven los innumerables procedimientos médicos, el consumo de complejos vitamínicos y el cuidado con la estética del cuerpo si el hombre no logra evitar la muerte eterna, en caso de que no se arrepienta?

En un determinado momento, todos, inevitablemente, tendrán que comparecer delante de Dios. Por más que hayan vivido en el lujo y en los placeres que el mundo ofrece, un día tendrán que encontrarse frente al Dios a Quien despreciaron en vida.

El Señor Jesús mostró también la locura de llevar la vida alejado de Dios, por medio del ejemplo del rico y de Lázaro: “(…) y murió también el rico y fue sepultado. En el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio a Abraham a lo lejos, y a Lázaro en su seno” (Lucas 16:22-23).

Aquí comienza el tormento eterno del hombre que, en la Tierra, gozaba espléndidamente de su fortuna. Tenía el mundo a sus pies, sirvientes para todo, incluso “para limpiarle el trasero”. Pero, inmediatamente después de que la muerte golpeara a su puerta, fue a parar a un lugar de tormentos y desesperación general, algo jamás visto a los ojos humanos. Los gritos incesantes de dolor y el horror de las almas a su alrededor hacían que el ambiente se tornara aún peor. Era el infierno. Miles de millones de almas, todas perfectamente conscientes de lo que estaban pasando, ahora le hacían compañía. Pero nadie, ni siquiera una sola de las que estaban allí, podría aliviar su propio tormento.

Y gritando, dijo: «Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, pues estoy en agonía en esta llama».

Lucas 16:24

La parábola muestra que el rico pudo ver y reconocer a Abraham y a Lázaro. También pudo comunicarse e incluso suplicar ayuda. Por conocer la historia de fe de Abraham y su proximidad a Dios, el rico pensó que podría lograr algún tipo de socorro. Pero no. Ni Abraham ni incluso el propio Dios podrían revertir aquella situación, mucho menos ayudarlo con lo mínimo, como mojar el dedo en agua para refrescar su lengua. Mientras que en la Tierra su corazón era soberbio y sus actitudes eran arrogantes, en los tormentos del infierno de nada le servía la humildad. ¡Estaba irremediablemente perdido!

En esta pequeña demostración del infierno, relatada por el Señor Jesús, vemos que es un lugar de tormento y dolor por toda la eternidad. Allí no hay posibilidad de recibir auxilio, socorro o consuelo de quienquiera que sea. El infierno es una prisión, de donde nadie jamás puede salir. En el infierno, la memoria de las personas es preservada; por eso, recuerdan todas las oportunidades de Salvación que despreciaron mientras estaban vivas. Claro, eso se torna una tortura para ellas. El Señor Jesús muestra, además, que en el infierno las personas ven el gozo y la alegría de aquellos que están salvos y ahora disfrutan del Cielo.

Continuara…

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