El rico también le imploró a Abraham que enviara a Lázaro a sus cinco hermanos, con el fin de que fueran avisados sobre el infierno (Lucas 16:27-28). Lo mismo se da con relación a los que allá están. A ellos les gustaría avisarles a sus hijos, padres, hermanos y demás seres queridos al respecto de la Salvación en Cristo Jesús para que no sean lanzados en ese lugar, pero no pueden. Porque la Tierra es el lugar de la decisión entre la vida eterna y la muerte eterna. Aquí, las personas deciden seguir el camino de la justicia o de la injusticia, de la santidad o del pecado. Y aquí se enteran de que las chances de llegar al Lugar de la Justicia son mínimas, por eso el sabio aprecia la Salvación que recibió.
Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.
Mateo 7:14
Además de que la puerta sea estrecha, la Biblia muestra que, de cada 100 oyentes de la Palabra de Dios, solo 25 son obedientes, justificados y salvos (Mateo 13:3-23). ¡Imagínese, entonces, el número de los desobedientes, sumado a los demás que ni siquiera quieren oírlo! Es una verdadera multitud, lo que muestra que, definitivamente, ¡el Cielo no es para todos! Fue hecho para todos, pero son pocos los que quieren pagar el precio (renuncia de sus propias voluntades) de ir para allá. Mientras tanto, justos e injustos se soportan en la Tierra, pero la separación se da con la muerte de ambos. A partir de entonces, cada uno va para un lado: justos para la derecha; injustos para la izquierda; justos para la vida eterna; injustos para la muerte eterna. Porque la Justicia del Justo Juez clama por el alma de los justos y Sus ángeles son enviados para buscarla y llevarla al Lugar de la Justicia (Cielo). Por otro lado, el diablo requiere el alma de aquellos que, consciente o inconscientemente, hicieron su voluntad mientras estaban vivos.
Así, la pregunta que no se calla es: ¿su conciencia está en perfecta paz con relación a la Salvación de su alma? Si muere hoy, ¿usted sabe dónde pasará la eternidad? Jesús dijo que muchos, en el Juicio Final, oirán de Él la siguiente declaración:
(…) Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de Mí, todos los que hacéis iniquidad. Allí será el llanto y el crujir de dientes cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, pero vosotros echados fuera.
Lucas 13:27-28
Por lo tanto, el infierno no es una invención humana, sino una realidad para aquellos que no le hacen caso al sacrificio del Señor Jesús y que incluso se burlan de Su Palabra al elegir vivir de cualquier forma. Dios, sin embargo, no cambió. Él es el mismo del pasado y Su carácter permanece inmutable. Puede retrasar Su ira durante un tiempo, dando la oportunidad de arrepentimiento, pero no será para siempre. Su misericordia solo triunfará sobre Su Juicio en la vida de quien, sinceramente, se vuelva a Él.
Entonces, si el propio Señor Jesús hizo de la Salvación y de la condenación eterna los principales temas de Sus prédicas, ¿por qué nosotros, Sus siervos, ¿omitiremos esas Verdades de nuestra generación?
El Espíritu Santo nos ha obsequiado la oportunidad de que seamos portadores del Evangelio, anunciadores de las Buenas Nuevas; pero ¿cómo hemos actuado delante de esa dádiva?
De acuerdo con lo que hemos predicado, la conciencia de las personas será despertada o no al carácter del Altísimo. Verán a Dios mediante lo que reciben de nosotros. Por eso, solamente la prédica correcta de las Escrituras puede alertar a la humanidad sobre el peligro que corre de ir al infierno.
Frente a esto, que ningún siervo se torne un instrumento de engaño, con palabras blandas y suaves que promueven un Evangelio de puertas anchas; caso contrario, su ministerio caerá en ruinas, al igual que su alma: “Que nadie os engañe con palabras vanas, pues por causa de estas cosas la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia” (Efesios 5:6).
La misma Palabra que salva será usada en la eternidad para condenar a quien no la practicó, pues Dios no Se mantendrá indiferente al pecado: “El que Me rechaza y no recibe Mis Palabras, tiene quien lo juzgue; la Palabra que he hablado, esa lo juzgará en el día final” (Juan 12:48).
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