¿En qué exactamente falla el ser humano?
Normalmente, el ser humano solo piensa de dos maneras: probabilidad y posibilidad. Es decir, si estas dos condiciones no se cumplen o no forman parte de la meta, el ser humano no se mueve.
Supongamos que a uno le gusta correr y entrena para poder competir; uno entrena porque entiende que, si lo hace, tal vez haya una probabilidad o posibilidad de que gane. Pero ahí es cuando fallamos y demostramos que no estamos firmes, porque si no tuviéramos estas dos condiciones, entonces no nos moveríamos.
Por eso la Biblia nos enseña así:
“Cristo llegó justo a tiempo para que esto sucediera. No esperó, ni espera, a que nosotros estemos listos. Se presentó para esta muerte sacrificial cuando estábamos demasiado débiles y rebeldes como para hacer algo que nos preparara. Y aun si no hubiéramos sido tan débiles, ni siquiera habríamos sabido qué hacer.
Podemos entender que alguien muera por una persona que vale la pena, y también entendemos cómo alguien bueno y noble puede inspirarnos a un sacrificio desinteresado. Pero Dios puso Su amor en juego por nosotros al ofrecer a Su Hijo en muerte sacrificial cuando nosotros no le éramos de ningún provecho.
Ahora que hemos sido justificados delante de Dios por medio de esta muerte sacrificial, el sacrificio perfecto de sangre, ya no hay duda de que estamos en paz con Él. Porque si cuando estábamos en lo peor fuimos reconciliados con Dios por la muerte sacrificial de Su Hijo, ¡cuánto más ahora, estando en lo mejor, nuestra vida se expandirá y se llenará por medio de Su vida resucitada!
Y ahora que realmente hemos recibido esta maravillosa amistad con Dios, ya no nos conformamos con solo decirlo con palabras sencillas: ¡cantamos y proclamamos nuestras alabanzas a Dios por medio de Jesús, el Mesías!” (Romanos 5:6–11).
En la fe, uno solo es movido por una cosa: la PROMESA. La probabilidad y la posibilidad son muy pequeñas porque no garantizan nada. Aquí, en los versículos, se nos enseña que Cristo Jesús no espera condiciones ni a que seamos inspirados, porque Él sabía cuál era la promesa. La promesa de ser benditos es la salvación, y es lo que produce éxito en todo lo que hacemos.
¿Cómo podemos recibir esta promesa?
Por entregarnos y creer que Él fue el sacrificio. La entrega, en el aspecto de estos versículos, significa que tenemos que arrepentirnos y confesar de manera constante para que Su sangre nos siga limpiando; esto es lo que significa vivir por la fe.
¿De qué manera se cree en lo prometido?
Digamos que su padre le hizo una promesa cuando usted era niño, que le iba a comprar algo; pues usted no tendría otra opción más que creerle, porque sabe que su padre se lo va a comprar.
Pues aquí el Señor Jesús ya pagó el precio por su alma; uno solo tiene que seguirlo constantemente, obedeciendo, confesando y arrepintiéndose. Esa es la manera de creer: tener esa fe de niño de que el Señor perdona todo.
Pero recuerde que, cuando tomamos esa decisión, uno ya no vive en pecado, porque confiesa todo a Él.
Con todo esto dicho, le digo que crea en Él y en la obra que hizo en la cruz, que Su sangre fue derramada por nosotros para que creamos.

