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La guerra en el Cielo

La guerra en el Cielo

— ¡Seré como Dios! Tendré mi trono, que estará por encima del trono del Altísimo. Todos me adorarán, verán mi poder, mi inteligencia y belleza — vociferó Lucifer.

— ¡Nadie es y nadie será como Dios! — respondió Miguel, que carga en su propio nombre esta verdad: “¿Quién es como Dios?”

Para callar la boca insolente de aquel que se levantaba como archienemigo del Altísimo, Miguel dijo:

— Vinimos a ejecutar la sentencia del Señor. No hay más lugar para ti y tus cómplices en este Reino. ¡Dios te dio todo! Fuiste el mayor de todos los ángeles, la criatura más espléndida, dotada de las mayores bendiciones celestiales. Ningún otro ser recibió tanta luz y confianza de parte del Altísimo como tú, al ser elegido responsable por el ejército de Dios. Sin embargo, el Todopoderoso vio cuando la iniquidad nació en tu corazón. Secretamente la alimentaste, codiciando el poder y la honra que solo Le pertenecen a Él. Podrías haber deseado Su carácter, Su justicia, Su amor, pero, no. Has elegido abrigar dentro de ti la ira, la envidia y la maldad. El Señor oyó tus pensamientos de rebelión contra Él. Vio hervir la perversidad y arrasar, de tal forma, que se derramó sobre todos los que estaban a tu alrededor. Tu “comercio”, tu negociación con los ángeles fue tu segunda traición al Altísimo. Ellos, que anteriormente miraban a Dios, viéndolo en toda Su gloria y majestad en los lugares celestiales, se corrompieron como tú. ¡Mira! La tercera parte del gran ejército del Señor está en tinieblas ahora.

Lucifer interrumpió a Miguel, con gritos de odio y con blasfemias sin igual. Palabras jamás escuchadas en el Cielo, pero que se originaron en el infierno que el querubín de la guarda ya traía dentro de sí, fueron expresadas vehementemente contra el Señor.

— En mi reino, ¡yo seré señor! ¡No tendré que obedecer y no me arrodillaré ante nadie! Escuchen todos: ¡nunca, y en ningún momento, me inclinaré ante quienquiera que sea!

Con frialdad, Lucifer se dirigió a los ángeles leales y se burló de ellos.

— ¿Ustedes continuarán en esta aburrida disciplina y organización donde solo está el deber de obedecer, servir y adorar? ¡Podemos ser iguales a Dios! Podemos ser servidos y adorados como Él lo es. Si ustedes se pasan a mi lado, no tendrán que someterse a las reglas, sino que recibirán homenajes, lisonjas y alabanzas que llenen nuestro ego de alegría. Y lo mejor de todo, tendrán la libertad de hacer lo que quieran cuando quieran. Algo imposible aquí, pues Dios es tirano, y Su Reino es opresor. ¿Dónde se ha visto que solo podamos hacer Su voluntad? ¡Prometo que ustedes no sentirán la menor falta de este lugar! Aquí son esclavos, ¡pero conmigo serán libres!

Los ángeles malvados gritaban en voz alta, concordando con aquel a quien habían elegido como su dios.

Lucifer y Miguel eran ángeles de la más alta jerarquía en el Cielo, y sus posiciones, ahora, estaban bien definidas, al igual que el lado que los otros ángeles habían escogido. En este evento emblemático, era imposible ser neutral: o se decidía por Dios y Su Reino, o por Lucifer y sus “promesas”, las cuales eran hechas con sutileza, astucia y habilidad con el fin de engañar y tener al mayor número de seres celestiales a su lado.

Así, miríadas de ángeles, que hasta ahora habían vivido en perfecta unidad, armonía y unión desde que habían sido creadas, dejaron en ese mismo instante de tener conexión con el Reino de los Cielos, pues pasaron a pertenecer a mundos incompatibles. Por lo tanto, una ruptura por siempre y para siempre era fundamental.

Así, de aliado de Dios, el querubín ungido de la guarda se convirtió en Su mayor adversario. Y “acusador”, “padre de la mentira”, “difamador” y “príncipe de los demonios” pasaron no solo a definirlo, sino también a caracterizarlo por su carácter y forma de actuar.

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