Los dramas de hoy (parte 2)

Aprendemos, en el día a día de nuestro ministerio, que hay cuestiones que parecen de difícil solución para algunas personas, pero que, en realidad, lo que existe es un demonio trabando su vida. Cuando es expulsado, por medio del poder de Dios, nunca más ellas sufren con tales problemas. Vea que, si la actuación de un espíritu maligno en la vida de una persona la deja en un estado de sufrimiento terrible, ¡imagínese si posee una legión de demonios en su cuerpo! El término “legión” simboliza a un pelotón de soldados que podría llegar a más de seis mil hombres. Era esa la cantidad de demonios, como mínimo, que estaba atormentando la vida de un habitante de Gadara, región ubicada en la costa oriental del mar de Galilea. Apenas el Señor Jesús llegó a esa ciudad, el gadareno poseso Le salió al encuentro:

Navegaron hacia la tierra de los gadarenos que está al lado opuesto de Galilea; y cuando Él bajó a tierra, Le salió al encuentro un hombre de la ciudad poseído por demonios, y que por mucho tiempo no se había puesto ropa alguna, ni vivía en una casa, sino en los sepulcros. Al ver a Jesús, gritó y cayó delante de Él, y dijo en alta voz: ¿Qué tengo yo que ver Contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes. Porque Él mandaba al espíritu inmundo que saliera del hombre, pues muchas veces se había apoderado de él, y estaba atado con cadenas y grillos y bajo guardia; a pesar de todo rompía las ataduras y era impelido por el demonio a los desiertos. Entonces Jesús le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y él dijo: Legión; porque muchos demonios habían entrado en él. Y Le rogaban que no les ordenara irse al abismo. Y había una piara de muchos cerdos paciendo allí en el monte; y los demonios Le rogaron que les permitiera entrar en los cerdos. Y Él les dio permiso. Los demonios salieron del hombre y entraron en los cerdos; y la piara se precipitó por el despeñadero al lago, y se ahogaron. Y cuando los que los cuidaban vieron lo que había sucedido, huyeron y lo contaron en la ciudad y por los campos. Salió entonces la gente a ver qué había sucedido; y vinieron a Jesús, y encontraron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido y en su cabal juicio, y se llenaron de temor.

Lucas 8:26-35

Note que el hombre ya no habitaba con su familia, sino en un cementerio, junto a los sepulcros excavados en las piedras. Cerca de las tumbas, su alma era aún más atormentada con el pavor de la muerte, con el olor de los cadáveres y con la soledad del lugar. Separado de todos aquellos a quienes amaba, aquel hombre estaba como un muerto vivo, porque es así como el diablo actúa en la vida de quien es dominado por él.

El gadareno vivía desnudo, porque se rasgaba toda la ropa que le daban para usar. Además, se hería y se cortaba con piedras. Para protegerlo de sí mismo, inicialmente, intentaron contenerlo con cuerdas en las manos y grilletes de hierro en los pies, pero nada de eso era suficiente para mantenerlo preso. Tamaña fuerza solo puede ser explicada por la acción de algo sobrenatural que lo dominaba en el cuerpo y en la mente.

Con relación a su mente, ese hombre poseído por los espíritus malignos pasó a actuar de forma irracional. Consecuentemente, los consejos y llamados a la sensatez no servían para absolutamente nada. Era necesaria una fuerza, también sobrenatural y superior, para que su problema fuera resuelto. En este caso, solo el poder de Dios podría combatir la acción del mal. Solamente la autoridad de la fe podría traer al gadareno nuevamente a la lucidez.

Fue lo que ocurrió. Al ver al Señor Jesús, los demonios que estaban en el cuerpo de aquel hombre se pusieron de rodillas delante de Él, porque sabían que allí, delante de ellos, estaba Aquel que tenía TODO el poder sobre ellos. Por lo tanto, no les quedaban alternativas sino someterse a Su autoridad.

El diablo sabe que el Señor Jesús salva a los hombres de sus problemas y los atiende, aunque sea el más simple pedido de ayuda hecho con fe. No obstante, Satanás nunca será salvo de su condenación ya decretada. Él también sabe que, en cualquier enfrentamiento contra Dios o contra Sus hijos, saldrá derrotado. Y aunque actúe con la máxima crueldad contra alguien, como lo hizo con el gadareno, será expulsado por un poder infinitamente mayor que el suyo.

Después de su liberación, el gadareno se sentó a los pies de Jesús. Ahora, estaba vestido y su comportamiento era el de un hombre sereno, pacífico y sano, en el cuerpo y en el alma. Su posición, tan cercana al Salvador, revela cuánto su mente había vuelto al pleno juicio, pues estaba como un discípulo, sediento de recibir Sus enseñanzas.

¡Qué diferencia! De las tumbas a los pies de Jesús. De la locura a la sensatez. De la inutilidad al servicio del Evangelio. De la muerte a la vida. ¡Esa es la poderosa transformación que ocurre en la vida de quien se encuentra con el Señor Jesús! Nadie tiene la necesidad de continuar siendo víctima del diablo, porque tenemos, en el poder de Dios, la oportunidad de tener el cambio del corazón y de la mente. En Su poder, hay eficacia absoluta para la cura del cuerpo y del alma. Para nuestro Señor, nadie es un caso perdido, nadie es insoportable, despreciado o está destinado a sufrir para siempre. Como Él mismo dice: “(…) Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Y esta promesa es para todos los que manifiesten fe en Él.

Este fue el gran motivo por el cual el Padre ha enviado a Su Hijo al mundo: aplastar la cabeza de la serpiente y darle armas espirituales al hombre para que también haga lo mismo. El Señor Jesús no vino a fundar una religión, mucho menos a enseñarles dogmas y rituales a las personas, sino que vino a dar vida, y vida con plenitud. Sus bendiciones son siempre rebosantes y exceden la expectativa humana debido a Su grandeza y bondad.

Mientras los hombres son impotentes delante del caos que el infierno causa, el Altísimo, del caos, trae el Cielo hacia dentro de quien cree. Pero vale resaltar que solamente quien tiene la fe intrépida trae esa realidad para sí. Solamente la fe arrojada proporciona un mundo donde los demonios no reinan más ni se burlan de los seres humanos. Solamente quien cree, de hecho, en el Señor Jesús y vive en obediencia a Él vence la guerra invisible que es trabada en el campo espiritual.

Obviamente, no podemos generalizar, diciendo que todas las situaciones malas son causadas por demonios, como algunas enfermedades provenientes de la negligencia con la salud, de ciertas dificultades económicas causadas por el mal uso de las ganancias, determinados problemas en la relación debido al mal uso de las palabras, etc. En esos casos, es necesario usar la sabiduría para resolver tales embrollos innecesarios.

No obstante, no podemos dejar de mencionar que hay un número enorme de personas internadas en clínicas médicas, que están hace años siendo medicadas sin al menos tener un diagnóstico de su enfermedad. Existe quien esté, también durante largo tiempo sometiéndose a interminables tratamientos psiquiátricos que ni siquiera logran amenizar los síntomas que presentan. Otros, incluso, que viven atormentados por el fuerte deseo de suicidio o por la depresión, cuando, en realidad, hay un mal por detrás de eso. ¡Sin contar los innumerables disturbios desconocidos por la medicina que son provenientes del campo espiritual, los cuales llevan a sus portadores a sufrir y a morir sin saber que están siendo víctimas de una embestida maligna!

Estas son algunas de las acciones del diablo, y su objetivo es llevar el alma de la persona que está lejos de Dios al tormento eterno. Antes, sin embargo, le roba su paz y mata su cuerpo (Juan 10:10). No obstante, quien pone en práctica la fe en el Señor Jesús tiene el poder de aniquilar todo el mal causado por el infierno.

Mensaje substraído de: Cómo Vencer Sus Guerras por la Fe (autor: Obispo Edir Macedo)

Compartir: