Orad en todo tiempo (Parte 1)

Pablo concluyó que la armadura de Dios debe ser “sellada” con la oración, que debe ser constante y perseverante en el Espíritu:

Con toda oración y súplica orad en todo tiempo en el Espíritu, y así, velad con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y orad por mí, para que me sea dada palabra al abrir mi boca, a fin de dar a conocer sin temor el misterio del Evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que al proclamarlo hable con denuedo, como debo hablar.

Efesios 6:18-20

Eso muestra que la armadura no estará completa si no mantenemos una vida de oración. Es imposible que un cristiano sobreviva en la fe sin orar. No importa cuánto conozca la Palabra, o cuán habilidoso sea con sus dones y cuánto tiempo tenga de conversión. Si él no ora, no logrará resistir a las tentaciones, a las peticiones del mundo y a las ofertas del pecado. Y así, tarde o temprano, caerá.

Ningún cristiano está libre de cumplir el Mandamiento de orar en todo tiempo, pues es viviendo en Espíritu que protegemos nuestra mente de pensar en pecar. Es también a través de la oración que hay intrepidez en la predicación del Evangelio y verdaderos frutos de conversión. Sin embargo, ser constante en la oración no es una tarea tan fácil, pues, normalmente, las personas son vencidas por el cansancio y por la pereza. Aunque sepan que la oración es un arma de efectos poderosos, tanto para mantener comunión con Dios, como para combatir al diablo, muchos no oran como es debido. Esa frustración con la práctica de la oración surgió con los discípulos. En un determinado momento de la convivencia con el Señor Jesús, descubrieron que no sabían orar. Pero ¿cómo podían decir que no sabían orar si la oración formaba parte de las actividades de la religión judaica y siempre había estado presente en las narrativas del Antiguo Testamento?

Eso solo puede tener una explicación: el modo en el que los discípulos oraban, probablemente, era religioso, o sea, sin fe, igual al de los demás hombres de la época, por eso no veían resultado. Sin embargo, cuando vieron orar al Mesías, Le pidieron que Él les enseñara. Y el Señor Jesús, maravilloso como es, les enseñó (Mateo 6:5-8).

Vea que, a pesar de que los discípulos hayan visto al Salvador curar de forma prodigiosa e incluso resucitar a Lázaro, no Le pidieron aprender a hacer lo mismo o a expulsar demonios, sino a orar como Él oraba (Lucas 11:1).

Así como ellos, la mayoría de las veces, tampoco sabemos bien cómo orar y permanecer en ese espíritu de oración. Orar no es un don que unos tienen y otros no. La oración es, para nuestra alma, como el oxígeno para nuestro cuerpo, o sea, ¡fundamental! Es parte de nuestra relación con Dios, el medio por el cual nosotros nos comunicamos con Él. Por lo tanto, u oramos y nos mantenemos vivos espiritualmente, o dejamos de orar y morimos, pues es imposible mantenernos vivos en la fe sin oración.

continuará…

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