¿Propósito de la fe?

¿Cuál es el propósito de nuestros actos de fe?

Si hay algo que debemos recordar cuando hablamos de actos de fe es que nada de lo que hacemos por fe es por coincidencia. Por ejemplo, el ayuno y la alabanza tienen sus beneficios; uno no lo hace por coincidencia. Así como Pablo, cuando estaba en la cárcel, oró y alabó a Dios a tal punto que Le agradó tanto que hizo un terremoto para abrir todas las puertas de la cárcel (Hechos 16:25–26).

Por esa razón, uno tiene que aprovechar esos momentos para agradar a Dios y para que haya respuesta. Pero hay un problema: cuando no tenemos ganas, no oramos y dejamos de vivir la vida de oración que Dios nos mandó vivir. Antes, cuando estábamos fuera de la presencia de Dios, usábamos la oración solo cuando estábamos en problemas, porque no sabíamos el valor de lo que hacíamos. Hay personas “convertidas” que saben que al orar están teniendo una conversación con Él y, aun así, lo dan por sentado.

No podemos desanimarnos. Si estamos en la presencia de Dios, debemos recordar que Él está con nosotros y que nunca nos deja.

El mayor ejemplo de esto es el Señor Jesús, quien, un día antes de ser crucificado, no se desanimó de orar a Dios Padre.

La Biblia dice:

“Después de que Jesús dijo esto, dirigió la mirada al cielo y oró así: «Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti»” (Juan 17:1).

Antes, cuando no conocíamos al Padre, orábamos solo para pedir y no teníamos una verdadera conversación. Imagine estar casado y que su pareja solo le hable para pedir, nunca para conocerle. Muchos, hasta el día de hoy, tratan así a Dios. Pero Jesús no. Él quería compartir Sus pensamientos más íntimos con el Padre.

Ahí es donde se destaca la pregunta clave: 

¿Cuántas veces uno le ha hablado a Dios por hablarle?

Es en esa pregunta donde se refleja la relación que uno tiene con el Padre. Pero cuando uno no tiene relación, cae y se derrumba, porque no la tiene. Mira la oración solo como un momento para pedir; la ve como algo común.

Tenemos que entender que, cuando nos relacionamos con Él, Él se agrada, porque sabe que le tenemos confianza.

Aquí, en este versículo, cuando Jesús dijo: “Glorifica a tu Hijo”, estaba hablando del momento en que iba a estar en la cruz. Jesús todavía estaba vivo en ese momento, pero hablaba como si ya hubiera muerto.

¿Por qué hablaba así?

Porque estaba determinado y entregado a Su misión.

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado” (Juan 17:3).

Conocer a Dios aquí no significa solo saber quién es Él. Significa vivir en comunión con Él. Es tener una relación con Él para estar en Su Reino.

Todo acto de fe que Dios nos dio tiene su propósito: orar, ayunar, meditar, alabar y sacrificar. Jesús glorificó al Padre a través de la obediencia. No buscó Su propia voluntad, sino que vivió para cumplirla. Ahí está el detalle final: para que se cumpla, nosotros también tenemos que cumplir.

Viva la vida de oración como Dios mandó, para que usted, así como Jesús, tenga su respuesta.

Compartir:

La obra Maestra

¿Será que la humanidad es solo un accidente? Hay muchas teorías sobre cómo llegó a existir la humanidad: evolución, diseño

leer más