¿Hay alguien que nunca le ha fallado?
Supongamos que usted esté en la necesidad de hacer una dieta. Usted ha probado remedios caseros, ha hecho ejercicio e incluso ha dejado de comer en ciertos momentos. Pero, haga lo que haga dentro de lo común, nada funciona. Es ahí cuando usted decide consultar a un profesional, un dietista, porque sabe que él no solo le dará una nueva manera de comer, sino también un nuevo estilo de vida. Usted cree que lo que este médico le indicará no solo va a funcionar, sino que cambiará su vida.
Es de esta manera que nosotros debemos ver a Dios y Su Palabra (la Biblia). La Palabra de Dios nos fortalece, nos anima, nos da disposición incluso en los momentos difíciles, nos consuela y, más que todo, nos da una transformación total por medio de la salvación. Pero ahí está el detalle: tenemos que vivir en obediencia para que dé resultado, así como uno obedece lo que el médico le indica.
Por eso la Biblia nos enseña así: “Entonces Jesús dijo:
—Había una vez un hombre que tenía dos hijos. El menor le dijo a su padre: ‘Padre, dame ahora la parte de la herencia que me corresponde’.
Así que el padre repartió sus bienes entre ellos. No pasó mucho tiempo antes de que el hijo menor empacara sus cosas y se fuera a un país lejano. Allí, viviendo sin disciplina y de manera desenfrenada, malgastó todo lo que tenía. Cuando ya había gastado todo su dinero, hubo una gran hambre en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces se fue a trabajar con un ciudadano de ese lugar, quien lo envió a sus campos a cuidar cerdos. Tenía tanta hambre que hubiera querido comer de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Entonces recapacitó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen comida de sobra, y yo aquí me muero de hambre! Volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra Dios y contra ti; ya no merezco ser llamado tu hijo. Trátame como a uno de tus jornaleros’. Y se levantó y regresó a la casa de su padre.
Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, lleno de compasión, corrió hacia él, lo abrazó y lo besó. El hijo comenzó a decirle: ‘Padre, he pecado contra Dios y contra ti; ya no merezco ser llamado tu hijo’.
Pero el padre no lo dejó terminar. Llamó a los siervos y dijo: ‘¡Rápido! Traigan la mejor ropa y vístanlo. Pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el becerro más gordo y mátenlo. ¡Vamos a celebrar! ¡Vamos a hacer una gran fiesta! ¡Este hijo mío estaba muerto y ahora vive; estaba perdido y ha sido encontrado!’. Y comenzaron a celebrar con gran alegría” (Lucas 15:11–24).
Aquí tenemos la historia del hijo pródigo y cómo falló. Podemos ver que, al comienzo de la historia, mientras vivía con su padre, lo tenía todo, al punto de recibir una gran herencia aun siendo el hijo menor. En el momento en que se apartó y comenzó a vivir en desobediencia, lo perdió todo, hasta llegar al punto en que los animales comían mejor que él.
“Entonces recapacitó”
Cuando la Biblia menciona que el hijo pródigo recapacitó, está hablando de un cambio en su manera de pensar. Es decir, él recapacitó alineando sus pensamientos con los pensamientos de Dios, revelados en ese tiempo a través de los primeros cinco libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.
Aquí llegamos a un punto clave: mientras estamos alineados con los pensamientos de Dios y vivimos en obediencia, tenemos todo lo que necesitamos. El Señor es rápido en actuar y en revestirnos cuando nos volvemos a Él, confesamos y nos entregamos por completo.
Muchas veces pensamos que es Dios Padre quien nos falla, pero no es así; es nuestra humanidad y el deseo de hacer nuestra propia voluntad, como le ocurrió al hijo pródigo. Pero, como vemos, cuando buscamos a Dios y obedecemos las cosas como deben ser, Él nos da todo y nos bendice.
El Padre nunca nos falla.

