Religiosidad

Una de las cosas que más han entorpecido al hombre cristiano en el ejercicio de su fe, en su comunión con Dios, por más increíble que pueda parecer, es la religión. Ésta ha sido la barrera más difícil de traspasar. Una vez que la persona religiosa ya tiene la convicción arraigada dentro de su corazón y cuando le anunciamos la fe activa, capaz de transformarle los problemas, por peores que sean, a través de la consagración exclusiva al Señor Jesús, entonces hay una cierta repulsión, no a causa del Señor Jesús, sino a causa de que piensa que tiene que dejar una religión para tomar “otra”.

El apóstol Pablo, en su primera carta a Timoteo 1:3-7, dice lo siguiente: “Como te rogué que te quedases en Éfeso, cuando fui a Macedonia, para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que es por fe, así te encargo ahora. Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida, de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana palabrería, queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman”.

De un modo general, religión es el conjunto de doctrinas, normas y reglas establecidas por un grupo social que se dispone a realizar determinada obra de apostolado. Entonces, lo que se siente cuando se comienza a practicar determinada fe es la inclinación por parte de la propia persona hacia la religiosidad, es decir, se deja llevar por la filosofía bonita de su religión, y automática-mente comienza a dejar los fundamentos de la fe cristiana. Se propone “practicar su religión “, socialmente, y esto va acomodándose a su vida y al mismo tiempo creando nuevos hábitos religiosos que nada tienen que ver con la fe viva y real en Cristo Jesús.

Ejemplo claro de esto es el hecho de que una persona se dice “creyente de tal denominación”. Su fe está limitada sólo a la fe de su denominación, y sea cual fuese la otra fe, por más pura que sea, para esta determinada persona es inaceptable, simplemente porque es bautista o metodista o pentecostal. Si por acaso le sucede una determinada dolencia grave y los médicos no pueden hacer nada, entonces, acepta la dolencia como una “prueba” de Dios para su vida y, consecuentemente, la oración de fe jamás surtirá efecto alguno. Es por eso que decimos que la religión es una verdadera barrera a la fe cristiana. ¡El tipo de religiosidad que impide la obra del Espíritu Santo es demoníaca y va contra la Sagrada Escritura!

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