Cuando Fausto Reyes era un niño debía ser protegido por su madre, puesto que su padre, quien sufría de problemas con la bebida, tentaba contra ellos, dejando duras secuelas con cada insulto que salía de su boca. Al tornarse adolescente comenzó a frecuentar amistades que nada bueno traían para su futuro, puesto que se iba con ellos de fiesta y era incitado a consumir alcohol heredando así el vicio de su padre.
Aunque en el fondo sabía que se mentía así mismo, no contaba con las fuerzas necesarias para arrancar las cadenas del vicio que acababan con su vida. Pensó que casándose las cosas cambiarían, pero a pesar del amor que su pareja le proporcionaba él no ponía de su parte y asumía un carácter parecido al de su padre por lo que estaba a punto de arrojar su relación por un desfiladero.
Un día salió a caminar junto a su esposa, pero grata fue su sorpresa al enterarse que lo que ella en realidad quería era invitarlo a conocer la Iglesia Universal. Fausto recapacitó sobre su comportamiento y comenzó a trabajar su fe a través de la palabra de Dios hasta que el Espíritu Santo lo llenó de fortaleza para dejar el vicio del alcohol.
Fausto Reyes.

