¿Qué tenemos que hacer para que haya una transformación?
Por increíble que suene, la transformación depende primero de uno mismo. Uno puede tener la meta perfecta, pero si no le pone ganas, no va a ver resultados.
Por ejemplo, si uno va al gimnasio y consulta con un entrenador, él le puede enseñar qué comer, cuáles alimentos ayudan a tener mejores resultados y hasta cómo descansar; pero si uno no pone de su parte, todo queda igual.
La palabra que se está describiendo con este ejemplo es ENTREGA.
Uno solo va a ver resultados si se entrega. Así es también la fe.
Por eso la Biblia nos enseña así: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
Aquí, estar en Cristo significa entrega. Es como ir al gimnasio, porque uno se involucra todos los días con aquello que puede traer transformación.
Ser una nueva criatura no es un cambio superficial, sino una transformación completa. Ahí es donde se ve la diferencia, porque un cambio físico es algo momentáneo, pero lo espiritual es eterno.
La humanidad suele ser controlada por las mentalidades que imponen las sociedades. Estas determinan qué es feo, bonito, normal, anormal, una condición o un estado.
Por ejemplo, en las redes sociales hay mensajes que dicen que las drogas son normales, que tener muchos noviazgos es normal, y hasta te rechazan si no piensas de esa manera. También dicen que el matrimonio es anormal y que uno no es inteligente por no probar drogas.
Pregúntese: ¿Cómo puede Dios obrar en mi vida?
¿Será que las cosas que la sociedad dice que son buenas realmente lo dejan avanzar y transformarse?
Dios no impone su transformación en nadie, así como un entrenador no obliga a nadie a hacer lo que le va a dar resultados. Una cosa es muy segura: el Señor y Sus caminos siempre le van a ayudar a transformarse y lo llevarán a avanzar en todos los aspectos de su vida.
Uno solo tiene que tener entrega y obedecer lo que está escrito. Y cuando uno hace eso, Él nos libera de sentimientos y cargas humanas, tanto físicas como emocionales, que nos detienen.
El Señor quiere hacerlo todo nuevo.

