¿Por qué nuestra meta es puesta a prueba?
Todos tenemos esos momentos en los que todo está bien y, de repente, las cosas se ponen muy difíciles. Por ejemplo, todos hemos ido a un restaurante en la hora pico, que es considerada la hora más difícil no solo para el servidor, sino para todo el equipo. En ese momento, cada uno enfrenta su propia presión.
El servidor está tomando más órdenes de las que puede manejar, el cocinero está siendo presionado para cocinar rápido y el encargado del frente tiene que lidiar con los clientes que quieren un servicio rápido. Es un caos total.
Pero es en esos momentos cuando lo difícil nos pone a prueba y nos hace más útiles. Ahí también se demuestra la seguridad y la confianza en lo que uno está haciendo, es decir, en su misión. No se permite ser derrotado por la situación.
El mayor ejemplo de esto fue Jesús cuando recibió el Espíritu Santo.
La Biblia nos enseña así: el Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches. Cuando tuvo hambre, el diablo apareció para tentarlo.
Primero intentó que convirtiera piedras en pan, pero Jesús respondió: «Escrito está: no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Luego lo desafió a lanzarse desde el templo, pero Jesús respondió: «Escrito está: no tentarás al Señor tu Dios». Finalmente, le ofreció todos los reinos del mundo si lo adoraba, pero Jesús lo rechazó y afirmó que solo a Dios se debe adorar.
Entonces el diablo se fue, y los ángeles vinieron a servirle (Mateo 4:1-11).
La obra que Dios comienza, Él la completa.
La fe debe ser consolidada y fortalecida; por esa razón, al igual que Jesús, uno tiene que pasar por el desierto. Uno tiene que pasar por momentos difíciles para probar su fe. Es ahí donde viene la importancia del Espíritu Santo habitando en uno, porque el mismo Espíritu que nos lleva al desierto nos fortalece.
Cada vez que pasamos por momentos difíciles es porque Dios lo permite, ya que nos está llevando a la victoria.
En el caso de Jesús, supo cómo reaccionar porque Él estaba definido en su fe, o mejor dicho, entendía su misión. Él venció con la Palabra.
El diablo trató de vencer a Jesús, pero nunca argumentó de regreso cuando escuchó que Jesús conocía la Palabra (la Biblia).
Muchas veces esto nos sucede en el trabajo, en nuestra familia y en los procesos del día a día: el mal trata de tentarnos. Pero, al igual que Jesús, tenemos que definirnos. No debemos permitir que la situación nos venza; debemos vencer con lo que está escrito.

