A todos nosotros nos gustaría vivir sin tener que pasar por ningún dolor, sino gozar, diariamente, de perfecta paz y tranquilidad. Sin embargo, eso no es posible, porque hay un enfrentamiento invisible en el mundo espiritual que va más allá del mundo físico y que le da origen a todo sufrimiento que vemos en la Tierra. Solo la paz que el Señor Jesús nos dejó, y que habita en nuestro interior, puede traernos la tranquilidad que tanto anhelamos, aun viviendo días de luchas. Y esa quietud puede ser disfrutada en diferentes niveles, dependiendo de nuestra entrega a Dios. Es decir, cuanto más Lo obedecemos y manifestamos la fe, más aumenta nuestra confianza en Él y, automáticamente, menos ansiedad, aprensión y miedo pasamos a tener ante las luchas. Esa paz no significa ausencia de problemas, de tribulaciones o de peligros; no obstante, nos trae la seguridad de que prevaleceremos sobre nuestros problemas.
Vivimos en un mundo dominado por odio, engaños, guerras y egoísmo, por eso las Escrituras nos recomiendan que tomemos posesión de la armadura de Dios. Esa fue la advertencia que el Espíritu Santo dio, a través de Pablo: “Por lo demás, fortaleceos en el SEÑOR y en el SEÑOR y en el poder de Su fuerza. Revestíos con toda la armadura de Dios para que podáis estar firmes contra las insidias del diablo” (Efesios 6:10-11).
Observe que los verbos “fortalecer” y “revestir” están en el presente y en el imperativo, indicando que, en esta guerra espiritual, nuestra acción de buscar el fortalecimiento y el revestimiento de la armadura de Dios debe ser continua e ininterrumpida, pues solo así permaneceremos firmes en la fe. El hombre, por sí mismo, no puede fortalecerse, pero, si obedece la orden Divina de estar todo el tiempo fortaleciéndose y revistiéndose de la armadura de Dios, será sustentado y protegido por Él.
Dios no nos omite la biografía de Satanás ni nos deja desprevenidos en cuanto a sus maquinaciones perversas. Las Sagradas Escrituras revelan que los enemigos a ser enfrentados son numerosos, sagaces y sutiles. Es decir, Satanás y sus demonios usan diferentes medios y planes para engañar al ser humano y lograr arruinar su vida. Por eso, no podemos entrar en ese choque usando nuestra propia fuerza.
Por sí mismo, el hombre natural está completamente sin preparación para enfrentar al diablo. Por más que se esfuerce, si lucha solo, su lucha estará perdida. A fin de cuentas, Satanás no es humano. Por esta razón, armas carnales, estrategias terrenales, buena voluntad y buenas intenciones no lo derrotan, aunque estén repletas de coraje. Sin embargo, aunque no tengamos habilidad ni fuerza en nosotros mismos para vencer al imperio de las tinieblas, el mal no prevalecerá sobre nuestra vida. Primero, porque la guerra no es nuestra, sino del SEÑOR. Segundo, porque el poder y la fuerza adecuados para esa batalla vienen de Él.
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