En los Evangelios, vemos todo lo que el Señor Jesús hizo para rescatar al ser humano y llevarlo al Altísimo. Sin embargo, lo más glorioso es saber que, cuando pensamos que Él ya hizo todo por nuestra Salvación, descubrimos que Su Obra aún no terminó.
El libro de Hebreos revela que el Hijo de Dios no penetró el velo de un santuario terrenal, sino que penetró el Cielo con Su Sangre para que, en la condición de Sumo Sacerdote, Él pueda interceder por nosotros. Eso significa que, incluso en el trono y honrado por el Padre, el Señor Jesús continúa sirviendo en nuestro favor. Es decir, continúa ayudándonos en nuestra guerra aquí en la Tierra.
Y lo interesante es notar que el pasado ya proyectaba la venida y la actuación del Hijo de Dios en el mundo. Podemos entender esto al analizar algunos elementos determinados por el propio SEÑOR.
1. El Tabernáculo. Nada fue por casualidad en la construcción de esa Tienda Sagrada. Desde las telas usadas para cubrirla, pasando por el mobiliario y por las ceremonias, hasta el servicio sacerdotal, todo eso era “sombra” de las realidades celestiales. Es decir, cada detalle que involucraba al servicio sagrado simbolizaba la Obra de Redención que el Cordero de Dios realizaría en Su descenso a la Tierra.
2. El modelo de las vestiduras sacerdotales. Eso incluye los colores, las piedras, la mitra (una especie de turbante), la placa de oro colocada en la frente, el cinto y las demás especificaciones descriptas en los capítulos 28 y 29 del libro de Éxodo. Todo eso representaba las funciones y los atributos del Señor Jesús. Por ejemplo, la nación de Israel, representada por las piedras preciosas que simbolizaban las doce tribus, era llevada en el pecho y en los hombros del sumo sacerdote.
Vestido con todas las prendas del traje sacerdotal, el sumo sacerdote, una vez al año, entraba en la Tienda, más específicamente en el Lugar Santísimo, donde estaba el Arca del Testimonio, para que la nación entera recibiera el perdón, la protección y el cuidado de Dios. En el Lugar Santísimo, el Altísimo Se hacía presente.
Simbólicamente, el sumo sacerdote era el Sumo Sacerdote Jesús, que lleva a Su pueblo en el pecho y en los hombros y que lo ama con un amor incondicional. Por eso, intercede junto al Padre continuamente por él.
Por su parte, la lámina de oro con la inscripción SANTIDAD AL SEÑOR era una especie de tiara colocada en la frente. Era una marca visible para hacer que tanto el sumo sacerdote como el pueblo, que veía la inscripción, tuvieran temor. Es decir, si ellos servían a un Dios Santo, debían mantenerse también en la justicia y en la santidad. La santidad es una especie de corona que reposa sobre la cabeza de Jesús, porque Él es, al mismo tiempo, Señor, Rey y Sumo Sacerdote eterno.
3. Los sacerdotes. Estos eran escogidos de la tribu de Leví, pero el sumo sacerdote, además de ser de esa tribu, debía venir del linaje de Aarón, hermano de Moisés y el primer sumo sacerdote de Israel. Cuando Aarón entraba en el Lugar Santísimo, primero tenía que ofrecer sacrificio por sus propios pecados e implorar por perdón (Hebreos 5:2), pues, incluso llevando una vida de santificación, estaba rodeado de debilidades debido a su condición humana. Después, hacía lo mismo por el pueblo.
Allí, Aarón se colocaba en la presencia del Señor, y cualquier pecado cometido por él podía llevarlo a la muerte (Éxodo 28:35). Eso muestra cuán indigno, frágil y débil era el sumo sacerdote terrenal para servir de puente y mediador entre Dios y los hombres.
Sin embargo, el oficio sagrado del sumo sacerdote en la Antigua Alianza era transitorio porque solo indicaba que, en la Nueva Alianza, tendríamos un sacerdocio infinitamente superior y eterno. En aquel momento, cuando le fueron determinadas tales ordenanzas a Moisés, nada de eso era comprendido por Israel. Pero hoy podemos entender lo que cada detalle simbolizaba, porque ya no vemos las “sombras” de lo que sería, sino que tenemos la revelación de lo que sucedió. La Palabra trajo a la luz los misterios pasados, mostrándonos toda la perfección del plan de Dios desde Génesis, en la promesa de la venida del Mesías, hasta Apocalipsis, cuando el Hijo tiene en Sus Manos el Libro con el nombre de los salvos, aquellos que fueron comprados por Su sacrificio.
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