El sacrificio de la fe es fundamental

Cuando Dios, a través de Pablo, ordenó que el cristiano debe ser revestido de toda la armadura de Dios, como dijimos en el capítulo anterior, Él usó el verbo “tomar”.

Entiendo que “tomar” significa apoderarse de alguien o de alguna cosa. Aquí viene la pregunta: ¿por qué el Espíritu Santo nos manda que nos apoderemos de algo de Él? Porque, para ser revestido y apoderarse de TODA la armadura Divina, el discípulo tiene que manifestar su fe – acompañada de sacrificio – que necesita comprobar 100 % su disposición de querer tomar posesión de esa promesa. A fin de cuentas, el sacrificio de la fe muestra el querer de una persona.

¡Dudo que la armadura de Dios o la victoria sobre los problemas descenderán del Cielo como lluvia! ¡Dudo que Dios cubrirá a la persona con toda Su armadura y derramará todas Sus bendiciones solo porque dice ser cristiana o porque es fiel en la iglesia! ¡No! ¡Mil veces no! Todas las promesas de Dios están sujetas a condiciones. Lea el capítulo 28 de Deuteronomio, en el cual Dios condiciona Sus bendiciones al sacrificio de la obediencia. Vea también este texto:

(…) el SEÑOR estará con vosotros mientras vosotros estéis con Él. Y si Le buscáis, Se dejará encontrar por vosotros; pero si Le abandonáis, os abandonará.

2 Crónicas 15:2

No hay otra manera. Nadie puede imponer sus propias reglas a aquello que el Señor determinó. Por lo tanto, en vez de aceptar a Jesús en los cultos, usted debe entregarse a Él por completo. A fin de cuentas, ¿cuántas veces ya aceptó a Jesús como su Señor y Salvador y no vio ningún cambio en su vida?

El problema es que usted Lo aceptó, pero no se rindió a Él. En este caso, aceptarlo no hará ninguna diferencia mientras no haya una entrega total. ¿Cómo alguien puede aceptar a Jesús sin entregar su vida y, aun así, esperar una nueva vida? Es imposible recibir vida nueva sin renunciar a la vida actual. ¡Es imposible tener dos vidas al mismo tiempo!

El revestimiento del Espíritu de Dios, las oraciones de Jesús por nosotros y el poder de Su Sangre sobre nuestra vida están sujetos a nuestra entrega total e incondicional a Él, ¡y no a su aceptación!

El Espíritu de Dios es el Espíritu de la fe. La fe que hace nacer del Espíritu, andar en espíritu e incomodar a la carne; que hace de la persona de mal comportamiento una nueva criatura; la fe que hace que alguien embista al diablo y lo venza. Sin embargo, esa fe exige el sacrificio de la vida actual a cambio de la nueva vida ofrecida por el SEÑOR.

Entonces, “tomar” el revestimiento de Dios y Su Reino no es una sugerencia, es una orden. Nos corresponde a nosotros buscar ser revestidos de poder, vivir en obediencia y disponernos al sacrificio de nuestras voluntades.

Si fracasamos en la lucha contra el diablo, la responsabilidad no será del Dios Padre, ni del Dios Hijo, ni del Dios Espíritu Santo, sino nuestra, por ser negligentes con respecto a Su orden.

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