Este es otro asunto bastante ignorado por la mayoría de los cristianos. Una cosa es la fe y otra cosa completamente diferente es la confianza. La fe es como la función del motor del automóvil y la confianza es como el combustible que mantiene ese automóvil en funcionamiento. Una depende de la otra, sin embargo son completamente distintas. Muchas personas han confundido la fe con la confianza, razón por la cual muchas de ellas perdieron las bendiciones que un día alcanzaron.
Entre los muchos ejemplos de la diferencia entre fe y confianza, podemos mencionar el de Pedro andando sobre las aguas. Cuando él bajó del barco y empezó a andar sobre las aguas, obedeciendo por orden del Señor Jesús, de hecho, dio una demostración viva de fe: tanto es que realmente consiguió dar algunos pasos sobre las aguas, mientras que al observar la fuerza del viento, tuvo miedo y empezando a sumergirse, pidió socorro. Su miedo consiguió anular su fe. Él tuvo fe para salir del barco y andar sobre las aguas, aún así, esa fe no tenía consistencia para mantenerle andando, porque le faltaba algo más, es decir, la confianza. Su fe le dio condiciones para tomar una actitud, pero no le mantuvo firme en el propósito de continuar.
La fe tiene el poder de volver posibles todos los imposibles de la vida cuando no hay vacilación dentro de aquel que la tiene; lo que significa que no siempre la fe es determinante en nuestras acciones. Las circunstancias que el mundo nos presenta, infelizmente, nos obligan a que la fe oscile.
Hay momentos en que sentimos que el corazón arde de fe, pero hay momentos en que lo opuesto es verdadero. Y es ahí que la confianza íntima hace que la fe se sostenga. Cuando Job estaba en medio de sus desgracias, cuando ya había perdido a toda su familia, todos sus bienes, sus amigos y toda su salud, confesó:
“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo.”
Job 19:20
Esa voz del corazón era su confianza que gritaba, como si estuviese diciendo que continuaba muy viva y que se mantenía intacta.
La confianza, al contrario de la fe, no se manifiesta con maravillas; ella es sutil y discreta, pero sustentada por la fe, jamás oscila. Cuando existe, entonces permanece, independientemente de cualquier circunstancia, como fue el caso de Job. Su sufrimiento, aunque haya sido el más cruel de todos los hombres, con excepción al del Señor Jesús, no conmovió su confianza. La confianza mantiene la esperanza viva, puesto que es constante.
Ahí está la razón por la que el apóstol Pablo dijo:
“Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.”
1 Corintios 13:13
Y la fe representa los dones, la esperanza, la confianza; y el amor, los frutos. La Iglesia del Señor Jesucristo como cuerpo, anda con estas dos piernas: los frutos y los dones. Su equilibrio está en la fe y en el amor, pero su alma es la esperanza que mantiene firme el propósito de seguir adelante.
No se puede luchar con firmeza usando sólo una pierna, aunque sea el amor o la fe. La tendencia para uno de los dos lados es peligrosa, pues, si la Iglesia tiene tendencia hacia los frutos, ella automáticamente deja los dones y viceversa. Si tiende para los frutos, está escrito que:
“No habiendo profecía, el pueblo se corrompe…” Si tiende sólo para los dones, está escrito:
“El amor nunca deja de ser; pero si hay dones de profecía, se acabarán; si hay lenguas, cesarán; si hay conocimiento, se acabará.”
1 Corintios 13:8
Siendo así, consideremos el equilibrio espiritual tanto para los dones como para los frutos, en la esperanza que se renueva en el Señor Jesús.
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