Pero ¿qué fue lo que hizo el Señor Jesús para vencerse a Sí mismo y a Su naturaleza humana al entrar en el mundo? ¿Qué hizo nuestro Salvador para vencer a todo el infierno, si cargaba sobre Sus hombros el peso de la responsabilidad de pagar Él solo el pecado de todos? La respuesta a esas preguntas es: Él hizo la voluntad de Dios.
Si, por un momento, nuestro Señor hubiese cometido una falla, un único pecado o un pequeño desliz carnal, no habría ninguna chance de Salvación para la humanidad. Nadie sería salvo, pues, desde Adán, el pecado solo era cubierto por la sangre de los animales, y no borrado. Entonces, el sacrificio establecido en la Ley, por Dios, era una especie de pagaré firmado para que, en el futuro, la Sangre de Dios que Se hizo hombre viniera a pagar esa cuenta.
Al vestirse de la naturaleza humana, Su obediencia y Su humildad fueron puestas a prueba ante los más profundos sufrimientos a los que fue sometido. En un mundo pecaminoso, hostil y rebelde, el Salvador fue humillado, despreciado y calumniado, pero anduvo firmemente en la rectitud. Como hombre, de carne y hueso, logró vivir de manera santa, de la misma forma que vivía con Su Naturaleza Divina junto a Dios, por eso fue aprobado por Él.
En ningún momento Él dejó de hacer la voluntad del Padre en favor de Su voluntad. Al contrario, clamaba: “(…) Hágase Tu Voluntad, así en la Tierra como en el Cielo” (Mateo 6:10).
Para el Señor Jesús, no bastaba con que la voluntad de Dios fuera hecha en la Tierra, debía ser realizada de manera perfecta como sucede en el Cielo. Por eso, el Hijo de Dios no despreció al Altar (el Gólgota) que el Padre Le reservó. No huyó del sacrificio que exige la fe. Esa vida de renuncia también es la marca de todos los que quieren honrar y servir al Dios Altísimo.
Por ese motivo, vemos al Altar presente en la historia de los grandes hombres de Dios del pasado. En el caso de Abraham, generalmente él levantaba un Altar dondequiera que fuera (Génesis 12:7; 13:4; 22:9). Además de él, Jacob (Génesis 35:3), Noé (Génesis 8:20), Moisés (Éxodo 24:4-11), Josué (Josué 8:30-31), Gedeón (Jueces 6:26-27), Elías (1 Reyes 18:32-38), Ezequías y David, también erguían altares al SEÑOR.
¡El Señor Jesús venció Su guerra en el Altar del Gólgota y, hoy, aún intercede por nosotros, para que venzamos nuestras batallas diarias!
Pero, incluso teniendo la Palabra, el Nombre de Jesús, la fe, la armadura de Dios y el Espíritu Santo a nuestra disposición para vencer, es posible que alguien salga derrotado de su lucha. ¿Sabe por qué? Porque el poder de Satanás todavía tiene eficacia sobre quien vive en el pecado, lo ama y no quiere abandonarlo. Para esa persona, ¡ni siquiera la muerte o la intercesión del Hijo de Dios tiene valor!
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