En tiempos de intolerancia, desamor y guerras, la familia es como un oasis, un puerto seguro. Fuente inagotable de debates, a pesar de los constantes cambios ocurridos a través de los tiempos, la familia continúa siendo una institución sagrada para los cristianos.
Es verdad que los valores familiares andan olvidados y desvalorizados, pues la función principal, que es criar vínculos importantes para el ser humano, no ha tenido el valor que debería.
La pérdida de estos valores es el factor determinante para lo que está ocurriendo en la sociedad contemporánea, siendo la violencia y la falta de amor los peores males.
El desamor es el mayor destructor de hogares. Sus raíces están basadas en la falta de respeto entre el matrimonio. Marido y mujer, cercados en sus problemas, no dan la atención tan necesaria a los niños en la infancia, y a los jóvenes en la adolescencia.
Por estos y otros motivos, observamos jóvenes andando con malas compañías, siendo “educados” por la televisión y por internet, porque no encuentran en los responsables el dialogo, el cariño y la reprensión, que es bienvenida, en determinadas situaciones.
Por eso, aumenta la incidencia de embarazos precoces entre adolescentes; aumenta la búsqueda de refugio en las drogas; aumenta la violencia…
Amiga mía, es tiempo de que cambiemos esta situación. No será con discursos demagógicos o con la intolerancia que usted va a cambiar la situación de su matrimonio y a rescatar el respeto de su hijo, por ejemplo.
Es necesario luchar, teniendo a Dios como aliado. Saque un tiempo para pensar en la importancia que usted le ha dado a su familia. Una buena sugerencia es reunirla y conversar. ¿Hace cuanto tiempo que eso no sucede? Prepare su corazón y tome esta actitud, que con certeza, podrá cambiar su vida.
El Señor Jesús murió en la cruz por nuestros pecados, pero resucito al tercer día, cuando Su Espíritu y cuerpo fueron reunificados. Es esto lo que necesita suceder en primer lugar dentro de su corazón, y después entre usted y sus familiares.

