Humildad de espíritu

Existen dos tipos de humildad: la falsa y la verdadera. La humildad falsa es aquella en que la persona se coloca humildemente delante de los superiores, con el fin de engañarles y así conquistar la confianza de ellos, para más tarde sacar provecho.

Este tipo de humildad es inteligente, astuta y profundamente diabólica. Está claro que más pronto o más tarde aparecerá el engaño. Mientras tanto, hasta llegar a este punto, provoca situaciones de injusticia entre aquellas personas que son humildes de verdad.

La humildad de Espíritu es aquella que el Señor Jesús enseñó. Además, fue su primera enseñanza a sus discípulos cuando dijo:

“Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos.”

Mateo 5:3

Cuando el Señor Jesús habla sobre “pobres en Espíritu”, admite que existen otros tipos de humildad, y que nosotros creemos que son falsas, como fue la de Judas Iscariote, que procedía “humildemente” delante del Señor y de los demás compañeros, hasta el día en que se rebeló.

La humildad de Espíritu es la única que nos hace tomar posesión del reino de los cielos. Todas las enseñanzas de la Sagrada Escritura, son como una semilla, una semilla de vida, que necesita una buena tierra para poder producir sus buenos frutos; esa buena tierra es justamente la humildad de espíritu. Si una persona no fuere humilde de espíritu, entonces ¿cómo podrá tomar posesión de las promesas de Dios? ¡Es imposible!

Algunas veces el Señor Jesús usaba la expresión: “El que tiene oídos para oír, que oiga.”  (Marcos 4:9). Él se está dirigiendo a aquellos que son humildes de espíritu, es decir, tienen solamente oídos para oír, aquellos que son humildes de espíritu, pues quien no tiene oídos para oír, con seguridad no es humilde de Espíritu.

Aunque la humildad sea una condición de aparente debilidad delante de aquellos que no tienen conocimiento de la salvación en Cristo Jesús, en realidad, es fundamental en la relación con Dios, porque para considerar a Jesús como Señor es preciso someterse a Él como siervo. Y el Señor Jesús no tiene siervo que no sea humilde de espíritu. Al contrario, para servirle como siervo tiene que haber humildad de espíritu.

Ahora bien, ¿quién puede tener capacidad de servir al Señor Jesús, ser instrumento de su Santo Espíritu y obedecer a Su Palabra de todo corazón sin tener en su carácter el fundamento básico de la humildad de Espíritu?

“Si alguno me sirve, que me siga; y donde yo estoy, allí también estará mi servidor; si alguno me sirve, el Padre lo honrará.”

Juan 12:26

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